
Dedicado a una persona a la que quiero mucho,
un tocinito de cielo,
una peladilla para el paladar de mi corazón.
Te quiero mucho,
lo sabes, ¿verdad?
A mí me pasó algo parecido.
Una noche después de fregar los platos de la cena y con el telediario como música de fondo, abrí mi portátil y pulsé la teclas oportunas que me llevaron hasta él. Un hombre con las palabras oportunas comenzó a hundir sus huellas en mi piel desde la primera letra que nos intercambiamos. Después llegaron mil más. Y con ellas el amor comenzó a cocerse dentro de mis entrañas. Me sorprendí despertándome en la madrugada para ver si tenía algún mensaje en el correo. Leía y releía sus cartas, meciéndome en sus palabras de amor, en su generosidad, en su simpatía, en todas esas virtudes que me tenían embobada. Dedicamos casi tres meses a un intercambio epistolar en el que nos desnudamos sin reparos, en el que nos prodigamos palabras de ternura y complicidad. Y llegó un momento donde las ganas y el deseo lucharon contra la cadencia del reloj ganándole la batalla, y una mañana, antes de ir a trabajar y después de nuestra primera y única cita teléfonica que duró toda la noche, quedamos cerca de mi trabajo. A pesar de no haber dormido ni una hora, salí de casa con la mejor de mis sonrisas y ataviada con un conjunto primaveral que resaltaba la anatomía que mis padres me regalaron. Fueron momentos de nervios, pues en esos meses nunca habíamos hablado de nuestro aspecto físico. A mí me importaba un bledo saber cómo era y él tampoco preguntaba por el mío. Eso sí, me advirtió en muchas ocasiones que siempre se había sentido como el burro amarrado a la puerta del baile de Manolo García. Y yo me reía. Su humor me fascinaba.
Elegimos un lugar precioso con la sierra como escenario. Llegué. Di unas vueltas, impaciente. Y de pronto apareció él. Alto, con un cuerpo y un rostro que no podría clasificar como feos ni desagradables. Se acercó a mí con una gran sonrisa en su cara, pero con una mirada que no me gustó y que se mantuvo en mi retina durante días. Una mirada difícil de explicar. Contraria a la transparencia. Unos ojos que ni siquiera hacían esfuerzo por no colarse entre mis pechos, una mirada que me desnudó físicamente y me sentí despojada de toda seguridad. Si a estas pocas, pero intensas sensaciones, le sumamos su olor a casa sin ventilar mezclado con naftalina, y su falta de higiene bucal, os puedo asegurar que los minutos que duró nuestro encuentro se me hicieron horas. La escusa de no llegar tarde a casa me permitió liberarme de una situación violenta para mí, pues dentro de mí había nacido una lucha difícil de ganar en días.
Cuando llegué al cole, tenía un sms que me advertía de la llegada de un correo. En él, una frase me enlazaba con su página en la que el título de su post diario rezaba lo siguiente:
"Hoy he jugado a la ruleta del amor y me ha salido: siga jugando".
Y es que el feeling, la vibraciones, ¡qué sé yo cómo llamarlo!, tienen más fuerza que nada. Es algo que no se capta solo con los sentidos. Es algo que traspasa el nivel físico y que es superior a todo lo mental.
Y es que el amor no es aquello que queremos sentir, sino todo lo que sentimos sin querer.
PD: Ahora, sin embargo, cuando despierto al lado del hombre al que quiero, veo un rostro que me chifla, siento un cuerpo que me fascina y escucho las palabras que más paz me dan en esta vida. Es amor.