
Es placer
cerrar los ojos
y soñarte.
El mundo es un lienzo impresionista de colores variopintos en el que unos resaltan por el ímpetu de sus tonos y otros, aun con afán de pasar desapercibidos, nos deleitan con su hermosura.
Ocurre lo mismo contigo. Es tu estilo. El de la voz queda, la desnudez de artificio, sólo tu alma cabalgando a caballo de tus palabras, como amazona de la dulzura.
Me atrapas en tus textos y me vacías de emociones. Jamás te leo impasible y puedo danzar en las olas de tus añoranzas, conmoverme con la sutileza de tus quereres, soñar en el recuerdo de tus vivencias.
Cuando te leo me coloco a tu lado, compartiendo el mismo almohadón que nos reconforta, mientras tú hablas y yo escucho tus letras.
Nos hemos acercado poco a poco y, sin tenernos, te he sentido, te he puesto voz y he dibujado la delicadeza de tu rostro. Y lejos de equivocarme, el sonido de tus palabras ha sido el que yo había inventado brotando de tus labios.
Nunca estuviste lejos, pero hoy te siento de mí.
Y es placer imaginarte rondando en el pasillo de tu casa localizando aquella factura de los poemas prohibidos que compraste cuando, comprar esa literatura, era pecado y motivo de tortura. Te imagino recibiendo en casa hace treinta años ese paquete desde Argentina cuyo contenido rezaba Historia de la Filosofía y esbozando sonrisa de placer por romper el lacre y sentir en tus manos la obra completa de Miguel Hernández. Te imagino abonando su precio de tres mil, de trescientas en trescientas pesetas cada mes, como pagarés de cultura y admiración.
Y ese poso es el que te confiere, el que te bautiza, el que dice que tu nombre es solo tuyo, Pizarr, y te identifica con la poesía de la vida, con el canto a la sencillez, con caminar de puntillas, pero dejando huellas que saben abrazar.