
Llega por el oeste. La puerta abierta de mi cocina me permite escuchar las gotas grandes que comienzan a mojar el suelo. El aire hace su aparición como la escoba de una bruja, paseándose entre las cortinas de mi sala y cubriéndome de un frío primaveral sin avisar. El balancín que soporta una flor verde comienza a moverse y la lámpara que cuelga del techo me guiña el ojo avisándome de su furia.
Oigo el primero, parece que viene montado a caballo, desde la lejanía. Hace su aparición con timidez, rodeando la ciudad. Mientras, abajo en la calle, algunos coches me indican a su paso, que el pavimento ya está mojado.
Ya le queda poco para llegar al este donde me encuentro. Decide descargar su violencia sobre el tejado de mi casa. Con ruído ronco explota sobre mi cabeza y los cristales de la ventana se encogen por miedo a romperse. Tras su grito, una intensa lluvia baña mi ciudad. Ahora el tintineo de las gotas se convierten en música y el olor a tierra mojada en fragancia.
Y entonces te imagino en la calle mayor de mi ciudad, con la bolsa cruzada, tus manos en los bolsillos y tu inmensa sonrisa caminando hacia mi encuentro. No hay nadie en la calle. Tan solo bajo los soportales se arremolinan las pocas personas que arañan un refugio.
Sólo tú caminado hacia mí. Sólo yo caminando hacia ti. Tú y yo caminando hacia el beso.
¿Te acuerdas que buscándote en el sur
encontré mi norte?
Hoy vino la lluvia del oeste
y con ella llegaste a mi este.