
Lo reconozco. No sé escribir a máquina. Ni siquiera son cuatro. Sólo con dos dedos: el índice izquierdo y el corazón derecho. Bueno, me olvidé de confesaros que los pulgares los utilizo para los espacios. Eso sí. Corro que me las pelo y, como miro continuamente al teclado, al desviar mi mirada a la pantalla, me encuentro con una sarta de barbaridades que me ralentizan la ventaja adquirida.
Y esto es lo de menos. Últimamente me empieza a preocupar las inversiones de letras, cómo mi mente ordena a los dedos escribir las palabras al verrés. Y aun así y con todo, puedo corregir. Doy a una tecla grande y deshago lo escrito y lo dejo impecable.
Sin embargo no puedo desdecirme cuando nombro a las personas, cuando es mi boca la que se equivoca. Cuando bautizo a diario a personas con un nombre que reiteradamente me recuerdan que no es el suyo.
Sin embargo no puedo desdecirme cuando nombro a las personas, cuando es mi boca la que se equivoca. Cuando bautizo a diario a personas con un nombre que reiteradamente me recuerdan que no es el suyo.
En clase tengo dos parejas de niños a los que unas veces sí y otras también, les nombro erróneamente. Me ocurre por parejas.
A Mario le llamo Darío, y viceversa. A Nicolás le llamo Joaquín, y a Joaquín le digo Nicolás.
A Mario le llamo Darío, y viceversa. A Nicolás le llamo Joaquín, y a Joaquín le digo Nicolás.
Y bajo de mi casa en el semáforo y cruzo la calle cuando el ascensor está verde.
¿Podéis explicarme qué me pasa? ¿Encontráis alguna relación entre los ejemplos que os he dado? Entre las risas que visitáis este jardín, seguro hay psicólogos, pedagogos, logopedas y demás artistas que dais con el quiz de la cuestión.
Megsibocú,
¿Podéis explicarme qué me pasa? ¿Encontráis alguna relación entre los ejemplos que os he dado? Entre las risas que visitáis este jardín, seguro hay psicólogos, pedagogos, logopedas y demás artistas que dais con el quiz de la cuestión.
Megsibocú,